Cómo la castidad construye verdadera masculinidad
Y por qué el mundo hace que sea tan difícil perseguir esta virtud.
¿Qué es (y qué no es) la castidad?
La virtud de la castidad se malinterpreta comúnmente como la mera abstinencia de la actividad sexual, cuando en realidad la castidad significa el orden correcto del amor y el deseo sexual.
El Magisterio la define como:
La castidad, en pocas palabras, es la virtud de la moderación sexual y el autocontrol, y el dominio de nuestros impulsos sexuales, para ordenarlos adecuadamente e integrarlos en la fe y la razón, en lugar de dejar que nos controlen.
Por supuesto, para las personas que no están casadas, eso significa abstenerse de la actividad sexual, porque hay un contexto adecuado para disfrutar de los placeres de nuestra sexualidad, y ese es exclusivamente el matrimonio. El deseo sexual no es malo en sí mismo, pero es malo cuando no se controla ni se dirige adecuadamente. Esto es similar a la manera en que el apetito por la comida no es malo en sí mismo, pero puede convertirse fácilmente en gula. Para cada placer, hay un contexto adecuado en el que debe disfrutarse. En el caso del sexo, el contexto adecuado es el matrimonio entre un hombre y una mujer, sellado sacramentalmente a través del pacto matrimonial ante Dios.
Pero incluso dentro del matrimonio, la castidad sigue siendo importante. En el matrimonio, la virtud de la castidad deja de ser tanto una cuestión de abstinencia y se convierte más en una cuestión de razón y respeto por el cónyuge. La castidad es una virtud que debe practicarse a lo largo de toda nuestra vida, pero la forma en que debe practicarse cambia según la estado de vida y vocación de cada uno.
Muchos críticos de la castidad afirman —erróneamente— que la abstinencia conduce a deseos reprimidos que acaban provocando problemas psicológicos, pero, como explica C. S. Lewis, esto nace de un entendimiento erróneo de la represión:
En tercer lugar, la gente suele malinterpretar lo que la psicología enseña sobre las «represiones». Nos enseña que el sexo «reprimido» es peligroso. Pero «reprimido» es aquí un término técnico: no significa «suprimido» en el sentido de «negado» o «resistido».
Un deseo o pensamiento reprimido es aquel que ha sido empujado al subconsciente (normalmente a una edad muy temprana) y que ahora solo puede aparecer en la mente de forma disfrazada e irreconocible. La sexualidad reprimida no le parece al paciente que sea sexualidad en absoluto.
Cuando un adolescente o un adulto se dedica a resistirse a un deseo consciente, no está lidiando con una represión ni corre el menor peligro de crear una represión.
Por el contrario, aquellos que intentan seriamente la castidad son más conscientes y pronto saben mucho más sobre su propia sexualidad que cualquier otra persona. Llegan a conocer sus deseos como Wellington conocía a Napoleón, o como Sherlock Holmes conocía a Moriarty; como un cazador de ratas conoce a las ratas o un fontanero sabe de tuberías con fugas.
La virtud, incluso el intento de virtud, trae luz; la indulgencia trae niebla.
— C. S. Lewis, Mero Cristianismo
La castidad, por lo tanto, es siempre una virtud, independientemente de si eres soltero, casado, joven o mayor. Ordenar adecuadamente los impulsos sexuales es siempre mejor que ser esclavo de las tentaciones de la carne.
La castidad como dominio de uno mismo
Las leyes de Dios no están aquí para esclavizarnos, sino para liberarnos. Es sorprendente cómo tanto los ateos como los agnósticos afirman que la religión es una mera esclavitud a reglas arbitrarias, cuando en realidad es todo lo contrario: es la adhesión voluntaria a reglas significativas y justas, que te liberan de la esclavitud de tu propia carne, pasiones, sentimientos y tendencias inferiores.
Pregúntate quién es más libre: ¿el que decide abstenerse de la actividad sexual porque es lo correcto, o el que sigue compulsivamente los deseos de su carne, sin poder controlarlos?
La castidad, en este sentido, es increíblemente significativa porque enseña la forma más profunda de autocontrol: el impulso sexual es uno de los más poderosos, lo que significa que controlarlo requiere un alto grado de fortaleza mental y dominio sobre uno mismo.
Más vale vencerse uno mismo que conquistar ciudades.
— Proverbios 16:32
Más aún porque hoy en día el mundo promueve la inmoralidad sexual a cada paso:
Te exponen a la pornografía cuando apenas eres un adolescente.
Los «científicos» seculares afirman que la pornografía, la masturbación y el sexo casual son inofensivos.
Abres cualquier aplicación de redes sociales y te inundan imágenes que antes solo habrías visto en las revistas Playboy.
Todas las películas y programas de televisión contienen contenido sexual sugerente o explícito.
Todo el mundo habla de sexo de forma liberal y vulgar.
Incluso algunas de las mujeres de tu colegio o universidad tienen cuentas en OnlyFans y se venden por dinero.
Tener un alto número de conquistas sexuales se considera un símbolo de estatus.
Estas son solo algunas de las razones por las que ser casto es tan difícil hoy en día.
La castidad es una de las virtudes más difíciles de construir porque requiere luchar constantemente contra la programación moderna y las influencias de un mundo que ha elevado el sexo hasta el punto de convertirlo en el principal objetivo en la vida de la mayoría de los hombres.
Pero eso es lo que hace que esta virtud sea tan valiosa. Si puedes reunir la fuerza, a través de la gracia de Dios y con su ayuda constante, para rechazar todas estas influencias y liberarte de las tentaciones de la inmoralidad sexual, desarrollarás un nivel de autocontrol poco común, que tendrá un efecto positivo en todas las demás áreas de tu vida.
Cómo la castidad construye la masculinidad
1) La castidad fortalece todas las demás virtudes
El autocontrol en lo que respecta a la sexualidad se traduce en autocontrol en todas las demás áreas de tu vida. Al elegir vivir una vida casta, desarrollarás de forma natural:
Templanza, al aprender a controlar tus emociones y pasiones.
Paciencia, al aprender a esperar hasta encontrar a la mujer adecuada y comprometerte con ella en matrimonio.
Valentía, al nadar contra la corriente del mundo y elegir lo que es correcto y bueno, incluso cuando todos a tu alrededor eligen lo contrario.
Humildad, al darte cuenta de que no podrás liberarte del pecado por ti mismo y que necesitas la gracia de Dios para hacerlo.
Caridad, al comprender que al ser casto no solo estás protegiendo tu pureza, sino también la pureza de todas las mujeres con las que te gustaría acostarte por motivos egoístas, pero decides no hacerlo.
Disciplina, al empezar a desarrollar hábitos que fortalecen tu determinación y tu fuerza de voluntad.
Todas estas virtudes son esenciales para la masculinidad, y al comprometerte con la castidad las desarrollarás todas simultáneamente, convirtiéndote en un hombre de honor y autocontrol.
2) Te enseña a amar correctamente
Debido a las influencias del mundo moderno mencionadas anteriormente, muchos de nosotros hemos interiorizado inconscientemente un tipo de amor egoísta, orgulloso y narcisista: creemos que todo gira en torno a nosotros y que no importa a quién hagamos daño siempre y cuando satisfagamos nuestros deseos.
Poco a poco, a medida que nos dejamos consumir cada vez más por el mundo secular hipersexualizado, olvidamos que el amor debe ser desinteresado y el acto supremo de dar. Es la forma definitiva de sacrificio: nos negamos a nosotros mismos por el bien del otro.
Tener amor es saber soportar; es ser bondadoso; es no tener envidia, ni ser presumido, ni orgulloso, ni grosero, ni egoísta; es no enojarse ni guardar rencor; es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad.
Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo.
— 1 Corintios 13:4-8
La castidad es la forma de limpiar nuestra mente y nuestra alma de las influencias de la modernidad y recordar una vez más cómo es realmente el amor: desinteresado, sacrificado, honesto, amable y paciente.
Al elegir la castidad, estamos eligiendo creer de nuevo en el amor, el tipo de amor que Dios nos muestra, el tipo de amor que un marido debe ofrecer a su esposa, y no las perversiones del amor falso provocadas por el sexo transaccional, por las falsas promesas de un mundo que te dice que todo gira en torno a ti, que mientras satisfagas tus deseos nada más importa, y que el amor y el sexo no tienen nada que ver entre sí.
La castidad te enseña a proteger a tu pareja. La proteges de ti mismo. Porque tú, yo y todos los demás somos imperfectos, y las reglas establecidas por Dios están ahí para que podamos evitar dañar a los demás, que es lo que sucedería si escucháramos nuestros impulsos en lugar de escuchar Sus mandamientos.
Te enseña a ver a las mujeres como hijas de Dios, en lugar de instrumentos para usar y abusar en tu propio placer. No subestimes lo egoísta y narcisista que es ir por la vida destruyendo la pureza de mujeres a menudo rotas y heridas que anhelan desesperadamente que alguien las ame.
La castidad purifica el amor.
Conclusión
Perseguir la castidad no es solo una «regla religiosa» arbitraria, sino que es el campo de entrenamiento perfecto para alcanzar la excelencia en todos los ámbitos de la vida. Es elegir lo más difícil de todo: aprender la forma definitiva de autocontrol.
Es elegir negarse a uno mismo y seguir a Dios. Es elegir verse a uno mismo y a los demás como mucho más que simples animales, como hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza, con un propósito específico.
Es elegir purificar tus deseos e intenciones, y elegir desinteresadamente amar como Dios quiso, deseando verdadera y honestamente el bien de los demás.
Es elegir ser un hombre poco común, un hombre de dominio y autocontrol, en una época en la que la mayoría vive consumida por sus pasiones.
Es ordenar tus deseos infantiles y desordenados y orientarlos hacia todo lo que es bueno y puro.
Elegir la castidad es elegir convertirse en un hombre de verdad.
Como ciudad sin muralla y expuesta al peligro, así es quien no sabe dominar sus impulsos.
— Proverbios 25:28
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