¿Cómo ser católico en el mundo empresarial?
Por Pedro Lopera.
Cuando tenía 16 años mi objetivo profesional era ser un empleado exitoso y destacar dentro de la institucionalidad corporativa. A los 20 años me topé con la pandemia del COVID-19 que nos dejó encerrados durante meses y comencé a emprender, y a los 23 años me crucé con un mal referente, el cual distorsionó negativamente mi forma de entender los negocios: Andrew Tate.
Escuché de boca de esta persona un comentario que me influenció: “la crisis está cerca; no importa cómo, debes hacerte rico… y rápido”. Me dejé llevar por el alarmismo y comencé a considerar la venta de vaporizadores, pues veía este camino como una forma de generar dinero extra, fácil y rápido. Ya tenía todo, los proveedores, el equipo y los puntos de venta a quienes únicamente tendría que surtir de nuevos vaporizadores. “El vicio no hay que venderlo, eso se vende sólo”, me repetí tantas veces.
¡Por supuesto que sentía incomodidad en mi pecho! Algo en mi decía: “¿Por qué estoy planeando con tanta vehemencia y estrategia lucrarme del vicio ajeno?” “¿Cómo es posible que hable de virtudes en público, pero en privado gane dinero así?”. Hacerme estas preguntas era justo y necesario. Aquí aprendí y escribí una regla que vivo siempre al momento de trabajar: “Incluso si es lucrativo, el vicio siempre debe ser procrastinado”. Al final, desistí totalmente de llevar a cabo esta empresa.
Al cumplir 24 años, y por intermediación de David, uno de mis socios, llegó a mis manos un libro casi imposible de adquirir (de verdad, espero que puedas encontrarlo a la venta, pero es muy probable que no sea así), este libro se titula “El empresario de Dios”. —¿Qué? ¿Acaso es posible ser empresario y creyente? ¿Acaso los creyentes no están llamados a la pobreza? —Afirmé.
En la dedicatoria, David escribió: “Para que te inspirés, y sigás creciendo para afuera y para adentro”. No fueron necesarias muchas páginas para extraer el espíritu del libro; en su primera página decía:
“Enrique Shaw era rico, pero santo. Dios concede la gracia de administrar bien el dinero, y este hombre supo administrarlo”
— Papa Francisco.
Fue así como escuché por primera vez el nombre de Enrique Shaw.
Enrique fue un empresario argentino, quien en su juventud renunció a la vida cómoda que su familia le ofreció y optó por iniciar su carrera militar en la armada argentina, se casó y tuvo nueve hijos. Su vida matrimonial se caracterizó por el acogimiento y la alegría activa. Luego de renunciar a la armada, optó por ejercer su carrera profesional en los Estados Unidos: meteorología. Enrique tenía un futuro próspero en frente, pero el inconformismo llenó su mente y su corazón, ya que en el fondo sabía que él estaba llamado para algo más.
Buscó la ayuda del obispo Hildebrant, de Chicago, a quien le expuso sus dudas y sus temores sobre el equivocarse en la elección de vivir para su profesión y no para su vocación. El obispo, que ya conocía con mayor profundidad la vida de Enrique, le dijo: “como obrero no serás auténticamente eficaz, será mucho más provechoso que te dediques al mundo donde Dios te ha colocado: el mundo de los negocios”. Luego de esta conversación, Enrique identificó aquello para lo cuál Dios lo había llamado: la evangelización de la clase empresarial.
Enrique regresó a Argentina y comenzó a liderar una fábrica dentro de la industria del vidrio, Cristalerías Rigolleau, y fue ahí donde desplegaría las 10 virtudes que un empresario católico siempre debería encarnar:
Eficiencia: “Ser eficiente es garantía de trabajo para los empleados”.
Energía: “Ser útil a otros con toda tu fuerza y tus talentos”.
Humildad: “El Señor no necesita de tus triunfos, sino de tu amor”.
Rectitud de intención: “Una acción es más meritoria entre más perfecto sea el motivo que la inspira”
Estudio: “La persona estudiosa tiene gran ventaja sobre la persona no estudiosa porque no se deja convencer por charlatanes semi educados”.
Justicia: “Es un deber de justicia que incluyamos dentro de nuestras obligaciones prioritarias como empresarios, el desarrollar humanamente y profesionalmente a las personas”
Fortaleza: “Aquel que reclama continuamente no puede ser líder”.
Templanza: “Debemos superar la tendencia a la comodidad excesiva”.
Felicidad: “Debo hacer que aquel que se encontró conmigo, sea más feliz después del encuentro”.
Liberalidad: “El objetivo de la vida económica es el dinero, y el dinero debe ocupar un lugar subordinado al carácter y a la virtud.”
Para Enrique, la empresa debe tener como objetivo la elevación económica, social y moral del trabajador. Él sabía que si el trabajador encontraba en la empresa seguridad, buen trato, buen salario y posibilidad de crecimiento, se notaría su sentido de pertenencia por la compañía, así como el respeto por el empresario; comprendía la necesidad de que los líderes empresariales sean una guía humilde, activa y accesible para todos, y afirmaba: “lo que más nos diferencia con el Partido Comunista es que nosotros sí colaboramos entre clases con justicia y caridad”.
¿Recuerdas mi idea de negocio de vaporizadores? Esta era simplemente un desorden en mi entendimiento sobre el trabajo y la empresa. Sin duda alguna mi fe católica es irreconciliable con los modelos de negocio que ven a las personas como medios, y no como fines. Bien lo dijo Enrique: “una empresa, incluso si reparte buenos dividendos, no será perfecta si no conoce otros valores que no sean puramente económicos.”
El Vaticano ha confirmado la beatificación de Enrique Shaw, lo que implica que se ha reconocido un milagro atribuido a su intercesión. Si en el futuro se comprobara un segundo milagro, Enrique sería canonizado, lo que nos colocaría ad portas de tener al primer empresario santo. Hoy se le recuerda como “El Empresario de Dios”.
Transformar permanentemente las empresas y la cultura del país es posible, pero necesita de voluntarios que abracen con convicción la idea de encarnar a Cristo dentro de la empresa.
¡Gracias por leer!
Este es un artículo del autor invitado Pedro Lopera M. Te invitamos a seguirlo y a conocer más de su trabajo:
https://substack.com/@pedrolopera1
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Muy inspirador y bueno!