A menudo me he preguntado cómo debería abordar un hombre cristiano el tema del ejercicio físico. Cuanto más lo pienso, más llego a la conclusión de que, aunque pueda haber debates válidos sobre hasta qué punto un hombre debería preocuparse por ello, buscar un buen estado físico es una necesidad absoluta, especialmente para el hombre cristiano moderno.
La vida cristiana es una lucha. Luchamos contra nuestros pecados, contra tentaciones interminables, contra el sufrimiento natural de la vida, y buscamos estándares de excelencia que rozan lo imposible. Todo esto nos exige resistencia y una espalda fuerte para cargar nuestra cruz y ayudar a quienes nos rodean a cargar la suya.
Esta no es simplemente una verdad metafórica. Es una verdad física. El hecho es que un cuerpo fuerte engendra una mente y un alma fuertes. Eso significa que un hombre en forma y fuerte probablemente desarrollará también fortaleza de espíritu y de voluntad. Estará mental y espiritualmente preparado para enfrentar desafíos y riesgos mayores. Podrá proteger mejor a su gente. Podrá hablar con más autoridad. Y podrá llevar a más personas a Cristo al convertirse en un ejemplo de valores más elevados.
La importancia del entrenamiento para un hombre
El desarrollo físico también nos permitirá ser más útiles para quienes nos rodean y para el Señor a quien servimos:
Te hace más apto para servir: Quizás en este momento, en tu papel actual, no veas de qué te sirve estar en buena forma física, pero ¿y si pronto te llaman a desempeñar un papel que sí lo requiera? ¿Y si alguien a quien amas necesitara tu fuerza y resistencia, y tú no las tuvieras porque decidiste ignorar este aspecto del desarrollo masculino?
Ayuda a darle más peso a tu mensaje: Muy a menudo, el mensajero importa más que el mensaje en sí. Si quieres que la gente te tome en serio, debes encarnar tu filosofía con cada fibra de tu ser, y si tu objetivo es compartir un mensaje de fuerza, disciplina, valentía y honor, tienes la responsabilidad de que te vean como alguien fuerte, disciplinado y valiente. Un físico imponente demuestra que estas son las virtudes por las que te riges.
Demuestra que te importan la virtud, la disciplina, la fortaleza y la belleza: Una vez más, la primera impresión que das puede ser suficiente para demostrar que valoras ideales más elevados y que estás comprometido a vivir de acuerdo con ellos.
Esto demuestra que nuestra fe abarca todos los ámbitos de nuestra vida, no solo el ámbito espiritual: muchos parecen pensar que el camino de la fe es meramente espiritual. Pero no somos solo seres espirituales, también somos seres físicos. La verdadera fe requiere una búsqueda constante de la virtud, no solo en el ámbito espiritual, sino en todas las areas. Como hombres cristianos, debemos ser líderes que demuestren cuán integral es nuestra fe, y cómo esta no nos impide buscar la grandeza, sino que, por el contrario, nos impulsa hacia ella.
Te enseña a ser constante, fortalece tu mente y te ayuda a combatir la pereza y la gula: No hay mejor manera de agudizar tu mente que un régimen riguroso de entrenamiento físico. Desarrollarás autocontrol, disciplina y combatirás la afeminación al seguir un programa de entrenamiento estricto.
Te ayuda a liderar mejor y a brindar una sensación de seguridad a quienes dependen de ti: tu presencia física debe hacer que los demás se sientan seguros y protegidos. Solo al desarrollar tu cuerpo podrás lograrlo.
Es importante señalar que el entrenamiento físico y estar en buena forma son objetivos necesarios, pero no deben ser el objetivo central para un hombre cristiano. Nuestra misión es buscar la santidad y la perfección en Cristo, y promover el Reino de Dios en la tierra. La buena forma física es una herramienta útil para ese propósito, pero no puede convertirse en tu meta final ni en tu enfoque principal. No debes idolatrar tu cuerpo ni caer en el narcisismo y la adoración de ti mismo. Esa es una trampa común para quienes comienzan a esforzarse por mejorar físicamente.
Donde la mayoría fallan
Por lo que he observado, la mayoría de los hombres tienden a abordar el ejercicio de una de estas dos maneras —ambas igualmente erróneas—: o bien lo ignoran por completo, alegando que es irrelevante e innecesario para cualquiera que desee crecer espiritualmente, o bien lo persiguen por vanidad, con el único propósito de verse “sexy” y ser atractivos. Los primeros nunca desarrollan su cuerpo en absoluto, mientras que los segundos se enfocan exclusivamente en su apariencia, olvidándose de purificar su intención y de buscar el buen estado físico por las razones correctas.
Muy pocos adoptan realmente un enfoque holístico del ejercicio y persiguen el desarrollo físico de manera adecuada, para mejorar sus cuerpos de modo que puedan moverlos bien, usarlos por más tiempo y, así, no solo disfrutar del pleno potencial que Dios les dio cuando los creó como hombres, sino también asegurarse de tener la capacidad de usar sus cuerpos de manera útil si su misión así lo requiere.
Imagina que tus seres queridos dependieran de tu fuerza y tú no pudieras ayudarlos. Imagina que necesitaran tu ayuda física y que tus músculos fueran solo para lucirlos. Estamos llamados a servir a los demás, a liderar y a sacrificarnos, y seremos mejores en esta tarea si nuestros cuerpos no solo son fuertes y hermosos, sino también funcionales, resistentes, atléticos y saludables.
Conclusión
El cristiano que descuida su cuerpo no ha prestado realmente atención al significado de la Encarnación. Dios no se hizo carne como algo secundario y sin sentido, sino para santificar el cuerpo y convertirlo en un instrumento de santidad. Negarse a verlo así significa pervertir un hermoso don otorgado por Dios. Entrena, pues, pero hazlo para agradar y honrar a Dios, no simplemente para verte mejor o ganar aprobación y atención. Hazlo porque se te ha dado un cuerpo capaz de fuerza y belleza, y eres responsable de lo que hagas con él.
¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en ustedes y que recibieron de Dios? No se pertenecen a sí mismos; fueron comprados por un precio. Por eso, glorifiquen a Dios en su cuerpo.
— 1 Corintios 6:19-20
Simplemente empieza por algún lado. Levanta algo pesado, corre hasta que te duela, o simplemente encuentra una manera de experimentar lo que se siente al estar verdaderamente agotado. Encuentra una disciplina y manténla de manera constante. Los detalles específicos importan mucho menos que la valiente decisión de tomarte en serio tu formación física, con todo lo que eso implica. Si realmente aspiras a cumplir adecuadamente tu papel como padre y esposo, simplemente no puedes permitirte el lujo de tener un cuerpo blando y débil.
Ad Maiora Nati Sumus,
Juan
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