El gran pecado del Rey David
Y lo que nos enseña sobre la masculinidad
Hace unos meses, conversando con un sacerdote sobre los retos y problemas a los que nos enfrentamos los hombres hoy en día, llegamos a discutir la historia del Rey David y Betsabé. He resaltado algunas frases que me parecen particularmente importantes:
El Rey David y Betsabé — 2 Samuel 11:
En cierta ocasión, durante la primavera, que es cuando los reyes acostumbran salir a campaña, David envió a Joab y a sus oficiales, con todo el ejército israelita, y destruyeron a los amonitas y sitiaron la ciudad de Rabá. David, sin embargo, se quedó en Jerusalén.
2-4 Una tarde, al levantarse David de su cama y pasearse por la azotea del palacio real, vio desde allí a una mujer muy hermosa que se estaba bañando. Esta mujer estaba apenas purificándose de su período de menstruación. David mandó que averiguaran quién era ella, y le dijeron que era Betsabé, hija de Eliam y esposa de Urías el hitita. David ordenó entonces a unos mensajeros que se la trajeran, y se acostó con ella, después de lo cual ella volvió a su casa.
5 La mujer quedó embarazada, y así se lo hizo saber a David. 6 Entonces David ordenó a Joab que mandara traer a Urías el hitita, y así lo hizo Joab. 7 Y cuando Urías se presentó ante David, éste le preguntó cómo estaban Joab y el ejército, y qué noticias había de la guerra. 8 Después le ordenó que se fuera a su casa y se lavara los pies.
En cuanto Urías salió del palacio real, el rey le envió comida especial como regalo; 9 pero Urías, en lugar de ir a su casa, pasó la noche a las puertas del palacio, con los soldados de la guardia real. 10 Cuando le contaron a David que Urías no había ido a su casa, David le preguntó:
—¿Por qué no fuiste a tu casa, después del viaje que has hecho?
11 Y Urías le respondió:
—Tanto el arca sagrada como los soldados de Israel y de Judá tienen como techo simples enramadas; igualmente Joab, mi jefe, y los oficiales de Su Majestad, duermen a campo abierto; ¿y yo habría de entrar en mi casa para comer y beber y acostarme con mi mujer? ¡Por vida de Su Majestad que yo no haré tal cosa!
12 Pero David le ordenó:
—Quédate hoy todavía, y mañana dejaré que te vayas.
Y así Urías se quedó en Jerusalén hasta el día siguiente. 13 David lo invitó a comer y beber con él, y lo emborrachó. Ya por la noche, Urías salió y se fue a dormir con los soldados de la guardia real, pero no fue a su casa.
14 A la mañana siguiente, David escribió una carta a Joab, y la envió por medio de Urías. 15 En la carta decía: «Pongan a Urías en las primeras líneas, donde sea más dura la batalla, y luego déjenlo solo para que caiga herido y muera.»
16 Así pues, cuando Joab rodeó la ciudad para atacarla, puso a Urías en el lugar donde él sabía que estaban los soldados más valientes, 17 y en un momento en que los que defendían la ciudad salieron para luchar contra Joab, cayeron en combate algunos de los oficiales de David, entre los cuales se encontraba Urías.
18 Joab envió a David un informe detallado de la batalla, 19 y le dio al mensajero las siguientes instrucciones: «Cuando acabes de informar al rey de todo lo relacionado con la batalla, 20 puede ser que el rey se enoje y te pregunte: “¿Por qué se acercaron tanto al atacar la ciudad? ¿Acaso no saben que ellos lanzan objetos desde la muralla, 21 igual que cuando en Tebés una mujer mató a Abimélec, el hijo de Jerubaal, arrojándole desde la muralla una piedra de molino? ¿Por qué, pues, se acercaron tanto a la muralla?” Entonces tú le contestarás: “También ha muerto Urías el hitita, oficial de Su Majestad.”»
22 El mensajero se fue, y al llegar contó a David todo lo que Joab le había ordenado. David, en efecto, se enojó mucho contra Joab, y le dijo al mensajero:
—¿Por qué se acercaron tanto al atacar la ciudad? ¿Acaso no saben que ellos lanzan objetos desde la muralla, igual que cuando en Tebés una mujer mató a Abimélec, el hijo de Jerubaal, arrojándole desde la muralla una piedra de molino? ¿Por qué, pues, se acercaron tanto a la muralla?
23 Entonces el mensajero le respondió:
—Los soldados que salieron a luchar contra nosotros a campo abierto nos llevaban ventaja, pero los hicimos retroceder hasta la entrada de la ciudad. 24 Fue entonces cuando los arqueros dispararon sus flechas desde la muralla contra las tropas de Su Majestad, y murieron algunos de los oficiales, entre ellos Urías el hitita.
25 Entonces David respondió al mensajero:
—Dile a Joab que no se preocupe demasiado por esto, pues son cosas de la guerra. Pero que ataque la ciudad con más brío, hasta destruirla. Y tú dale ánimo.
26 Cuando la mujer de Urías supo que su marido había muerto, guardó luto por él; 27 pero después que pasó el luto, David mandó que la trajeran y la recibió en su palacio, la hizo su mujer y ella le dio un hijo. Pero al Señor no le agradó lo que David había hecho.
El sacerdote, con un marcado acento, me relató brevemente la historia anterior y concluyó con una sencilla lección:
"La historia de David y Betsabé nos dice algo muy importante sobre la naturaleza de los hombres. David eligió quedarse en Jerusalén. No fue a la batalla. Y fue entonces cuando pecó.
Los hombres necesitamos estar en el frente de batalla. Necesitamos estar en la lucha. Porque es cuando estamos ociosos y aburridos cuando el pecado y la tentación empiezan a colarse".
Una batalla que luchar
En su exitoso libro Wild at Heart, John Eldredge afirma (correctamente) lo que anhela el corazón de un hombre:
Los hombres quieren una batalla que librar, una aventura que vivir y una belleza que rescatar. Eso es lo que está escrito en sus corazones. A eso juegan los niños. De eso tratan las películas de hombres. Simplemente lo ves. Es innegable.
— John Eldredge, Wild at Heart
La energía masculina es increíblemente poderosa. Tanto así que puede construir el mundo entero o destruirlo por completo. Todo depende de cómo la utilicemos. La gran tragedia de nuestros tiempos es que hemos olvidado que debemos luchar y combatir contra algo, y encontrar en esta batalla un propósito digno. Como consecuencia, desaprovechamos nuestra energía o la utilizamos para todo tipo de cosas equivocadas. A esto se refería el sacerdote cuando me contó la historia de David.
Algo hizo clic en mi interior después de hablar con él. Creo que ya lo sabía, pero el hecho de que él lo expresara con palabras y de que pudiera verlo tan claramente en la historia del rey David lo consolidó aún más en mi mente: Nuestro corazón masculino se inquieta y distrae cuando no estamos librando una batalla. No se trata de una batalla meramente física, sino de cualquier misión digna, con objetivos y estrategias específicos, contra una causa o un enemigo concretos. Sin una misión clara, el hombre está perdido. Y es cuando un hombre está perdido que es más fácilmente tentado y desviado.
La cobardía es la causa
Mira lo que dice 2 Samuel 11-1: En el tiempo en que los reyes parten a la guerra, [...] David permaneció en Jerusalén.
David era rey. Y está claro que era el momento de ir a la batalla. Y, sin embargo, elige quedarse en casa, a salvo, mientras su ejército va y muere por él. No sabemos por qué eligió quedarse, pero lo hizo. En el resto del capítulo, vemos cómo David actúa cobardemente, conspirando para enviar a Urías al frente de batalla con la esperanza de que muera.
Contrasta esto con lo que dice Urías cuando le dicen que se vaya a casa: "Tanto el arca sagrada como los soldados de Israel y de Judá tienen como techo simples enramadas; igualmente Joab, mi jefe, y los oficiales de Su Majestad, duermen a campo abierto; ¿y yo habría de entrar en mi casa para comer y beber y acostarme con mi mujer? ¡Por vida de Su Majestad que yo no haré tal cosa!”
Ese es un hombre honorable, uno que predica con su ejemplo. Mientras que David opta por enviar a su gente a morir, Urías no se atreve a disfrutar de ninguna comodidad mientras sus hombres acampan en campo abierto.
La desafortunada cadena de acontecimientos relatada en el capítulo anterior comienza con una decisión: retirarse de la lucha, no responder a la llamada a la batalla y quedarse en casa, cobardemente, a salvo. Sólo después de que la cobardía se apodera de David, el pecado consigue abrirse paso.
Negarte a responder el llamado de Dios y así negarte a perseguir tu misión es el primer paso de una resbaladiza caída hacia la ociosidad, la falta de propósito y el pecado. Incluso el gran rey David, uno de los hombres más honorables, temerosos de Dios y respetados de la historia bíblica, cayó en el pecado y desagradó al Señor. Nosotros no somos mejores que él, y será mucho más difícil para nosotros mantener el pecado a raya si no estamos violentamente comprometidos en una misión que nos desafíe, nos ponga a prueba y nos dé un propósito.
Necesitas una misión digna. Necesitas una batalla que librar. Necesitas estar en la avanzada.
Encuentra esta batalla, amigo mío. Encuentra la misión a la que Dios te llama y dedica tu vida a ella.
Que Dios te bendiga en tu viaje,
Juan
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