La esperanza que salva
Qué hacer cuando continúas fallando.
Caer en el pecado puede ser absolutamente devastador. Una vez que has visto la fealdad del pecado y has experimentado el amor y la misericordia de Dios, es imposible no sentir culpa y vergüenza después de traicionarlo de nuevo.
Cada pecado es un latigazo en la espalda de Cristo. Cada traición, un golpe de martillo sobre los clavos que atraviesan Sus preciosas manos.
Participamos en Su pasión voluntariamente, cada vez que caemos.
Quizás al principio lo hicimos por ignorancia, sin ver la oscuridad infernal del pecado, y así podíamos evitar todo sentimiento de culpa después de cada transgresión.
Pero ahora es diferente. Ahora sabemos lo que estamos haciendo. Ahora, el Espíritu Santo nos ha mostrado tanto el dolor que engendra nuestro pecado, como el amor y la misericordia infinitos del Salvador a quien traicionamos tan fácilmente.
Hemos visto el contraste entre el cielo y el infierno, y no podemos evitar sentir dolor y culpa después de todas esas veces en que somos demasiado débiles para elegir la difícil luz en lugar de la tentadora oscuridad.
No podemos evitar sentirnos sucios y avergonzados cuando nos damos cuenta de que hemos elegido traicionar a Dios, una y otra vez, incluso después de todo este tiempo, incluso después de haberle prometido —una vez más— serle fieles para siempre.
Y aunque un poco de culpa es prudente, pues significa que amamos a Dios más de lo que amamos nuestro pecado, y muestra un corazón sincero que quiere ser purificado, sería sabio recordar que el pecado, aunque es malo, oscuro y feo, no es el enemigo final.
El enemigo final es la desesperanza.
El enemigo final es creer que tu pecado no puede ser vencido.
Cristo resolvió el problema del pecado. Se entregó a sí mismo para que no fuéramos esclavos de él. Todo lo que tenemos que hacer es creer eso, porque cuando lo hagamos, volveremos a Él después de pecar, cuando pecamos, antes de pecar.
Miraremos su cruz y le pediremos que convierta nuestras tentaciones en gracia.
Mientras sigas teniendo esperanza y confiando en la misericordia de Dios, volverás a Él y Él te recibirá con los brazos abiertos. Pero cuando pierdas toda esperanza, cuando pienses que tus esfuerzos no valen nada, cuando creas y aceptes en tu corazón que eres demasiado miserable para ser perdonado, ahí es cuando abandonarás la carrera y te condenarás a ti mismo.
El gran pecador que tiene esperanza, que persevera, que se arrepiente y que obstinadamente regresa a Cristo encontrará la salvación.
La misericordia de Dios siempre es mayor que tu pecado.
Por favor, no te rindas. Por favor, no dejes de intentarlo. Por favor, no pierdas la esperanza.
Persevera hasta el final.
Dios está contigo, y lo que Él más quiere es que te unas a Él en la eternidad.
Oración
Señor, gracias por tu infinita misericordia. Gracias por amarme, perdonarme y fortalecerme en la hora de la tentación.
Pido perdón por mis fracasos.
Pido perdón por mis pecados.
Te entrego mi corazón; purifícalo y ablándalo, libéralo de los apegos desordenados a los que he aprendido a amar más que a Ti.
Por favor, concédeme las gracias necesarias para seguir confiando después de haber fallado, para seguir intentándolo cuando creo que mis esfuerzos son inútiles, para seguir volviendo a Ti cuando la culpa intenta que me esconda.
Hazme un testimonio del poder transformador de Tu amor,
Amén
He peleado la buena batalla, he llegado al término de la carrera, me he mantenido fiel.
— 2 Timoteo 4:7
¡Gracias por leer!
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