La vulgarización del lenguaje
Y el infierno al que nos lleva.
Mientras recorro la librería, algo en la sección de «Best-Sellers» me llama la atención. Hay una uniformidad sorprendente en los libros de esta categoría, no por sus colores vivos o sus tipografías de aspecto corporativo, sino porque casi todos los libros utilizan algún tipo de lenguaje soez o vulgar en su título.
Este es un fenómeno que lleva ocurriendo desde hace tiempo, y lo peor es que ahora estamos tan acostumbrados a él que ni siquiera nos preguntamos por qué nos sentimos tan cómodos con el lenguaje vulgar. Atrapados en la creciente tendencia de las portadas de libros de autoayuda, revistas, películas y programas de televisión con palabrotas, hemos llegado a considerar ese lenguaje como algo normal.
Y aunque algunos lectores puedan pensar que estoy haciendo una montaña de un grano de arena, en realidad creo que esta tendencia es profundamente preocupante, ya que señala un problema cultural mucho mayor y nos lleva lentamente, como cultura, a lugares muy oscuros.




La vulgaridad es la nueva normalidad
Una de mis metas a principios de este año (en la que hasta ahora estoy fracasando estrepitosamente, pero haciendo todo lo posible) era limpiar completamente mi lenguaje. Decidí que quería dejar de decir palabrotas y usar palabras groseras, en un esfuerzo por ser más austero y coherente con mis creencias. Al fin y al cabo, cada pequeña decisión que tomamos puede aportar luz al mundo o oscuridad. Desde ese punto de vista, limpiar el lenguaje no solo es un acto necesario de coherencia, sino también de rebelión contra un mundo que busca desesperadamente normalizar lo bajo, lo obsceno y lo vulgar.
Mi ejemplo anecdótico en la librería no es la única forma de demostrar que la vulgaridad está en auge. Hay una lista muy interesante que clasifica las películas de Hollywood según su uso de la palabra “fuck”1 , y no es de extrañar que, de las películas que aparecen en la lista, el 77 % se produjeran después del año 2000, el 48 % después del año 2010 y el 32 % en los últimos diez años.
La vulgaridad es la nueva normalidad. Mientras que hace solo unos años el contenido explícito requería algún tipo de verificación de edad para poder acceder a él (ya fuera en películas, videojuegos o música), ahora puedes escuchar la playlist «Canciones Vulgares2», ¡cuando quieras!
Es innegable que nuestro lenguaje, nuestro arte y nuestra cultura se han vuelto significativamente más vulgares, explícitos y obscenos. Pero no se fíen de mi palabra, vayan a su librería local, miren Netflix o las listas populares de Spotify y presten atención a los títulos, las letras y los diálogos. Intenten fijarse en lo que se dice y, sin duda, lo verán por ustedes mismos.
Ahora bien, como dije antes, tal vez algunos lectores piensen que estoy haciendo una montaña de un grano de arena. No puedo culparlos. Yo también solía restarle importancia a este empobrecimiento del lenguaje. Pero después de pensarlo detenidamente y de comprometerme firmemente a vivir una vida dedicada a la búsqueda de la virtud, no puedo evitar pensar que esta tendencia es, de hecho, algo importante.
Por qué es importante el lenguaje
El lenguaje moldea el pensamiento
La conexión entre las palabras que pronunciamos y los pensamientos que tenemos se ha estudiado durante muchos años. Quizás la teoría más reconocida del mundo de la lingüística que demuestra la profunda conexión entre el lenguaje y la visión del mundo es la llamada hipótesis de Sapir-Whorf3, que afirma que nuestras palabras moldean literalmente nuestra percepción del mundo. En términos sencillos, el lenguaje que utilizamos determina los pensamientos que podemos tener (ya que un vocabulario limitado dificulta la formación de pensamientos complejos y abstractos), lo que significa que cuando nuestro vocabulario se vuelve grosero y vulgar, nuestro pensamiento lo sigue. En la práctica, resulta imposible tener pensamientos elevados con un lenguaje degradado.
Y si lo piensas bien, tiene mucho sentido. Sabemos que la exposición repetida a estímulos cognitivos crea vías neuronales en el cerebro, por lo que este básicamente se reconfigura en torno a los patrones lingüísticos que más utilizas.
En el caso de las expresiones vulgares, lo que acaba sucediendo es que, cuando solo conoces cinco palabras para expresar tus emociones (todas vulgares), por ejemplo, no puedes procesar sentimientos complejos. Alguien con un lenguaje rico podría decir «estoy frustrado», «estoy indignado», «estoy exasperado» para describir matices de sentimiento significativamente diferentes con cada palabra, mientras que alguien con un vocabulario pobre simplemente dirá «estoy jodidamente bravo».
El lenguaje vulgar no solo es vulgar, sino también impreciso. Cuando todo lo malo se describe como «mierda», resulta imposible comprender la situación adecuadamente y diseñar estrategias para solucionarla. Comparemos a dos hombres que describen la misma situación:
Hombre A: «El trabajo es una mierda, mi jefe es un imbécil, todo es una mierda».
Hombre B: «Mi lugar de trabajo carece de una dirección clara, mi jefe nos controla todo y la moral se ha desplomado».
¿Cuál de los dos hombres puede realmente resolver los problemas? ¿Cuál de los dos entiende siquiera cuáles son los problemas? Uno se queja sin pensar, el otro comunica los problemas con precisión y entiende exactamente lo que está pasando, por lo que puede hacer algo al respecto.
Estos dos hombres tienen percepciones del mundo radicalmente diferentes, y eso se debe en gran parte a las palabras que utilizan.
Los pensamientos moldean el carácter
Tampoco es ningún secreto que lo que eres viene determinado por lo que piensas. Tus pensamientos determinan tus acciones y tus acciones son un reflejo de tu carácter. No es exagerado decir que te conviertes en lo que piensas, por lo que si tus pensamientos son vulgares, tu carácter reflejará ese rasgo.
En un artículo viral anterior mencioné que, a medida que intentas limpiar el contenido que consumes, aumenta tu sensibilidad hacia la degeneración y la vulgaridad. Lo mismo ocurre en sentido contrario: cuanto más contenido vulgar consumas, más te acostumbrarás a él y más disminuirá tu sensibilidad hacia la vulgaridad.
También podría decirse que existe una conexión entre el lenguaje adecuado y un control de los impulsos bien desarrollado. El lenguaje vulgar es casi siempre impulsivo, y si no te esfuerzas por controlar las palabras que dices, poco a poco perderás la capacidad de controlar también tus actos. Hablar sin filtro te entrena para actuar sin filtro. ¿Cómo podemos esperar que un hombre controle su temperamento, sus apetitos y sus deseos si ni siquiera puede controlar las palabras que salen de su boca?
El lenguaje virtuoso engendra naturalmente un carácter virtuoso. Puedo decirles que, aunque me queda un largo camino por recorrer antes de lograr limpiar completamente mi vocabulario, el simple hecho de esforzarme por ser consciente de mi lenguaje ha supuesto una mejora significativa en mi forma de comunicarme y comportarme. Cuando no puedes recurrir a las palabrotas para comunicarte, te ves obligado a ser más consciente de tus pensamientos, palabras y acciones, y a elegir las palabras y expresiones adecuadas para comunicarte.
El autocontrol que hace virtuoso a un hombre incluye el control sobre nuestra lengua, a menudo impulsiva.
El carácter moldea la cultura
El lenguaje vulgar genera pensamientos vulgares, estos pensamientos construyen caracteres vulgares y, finalmente, en el último peldaño de esta escalera descendente, las personas de carácter vulgar construyen culturas degradadas.
Cada hombre que habla de manera vulgar da permiso a otros diez para hacer lo mismo, cada chiste grosero normaliza la grosería para todos los que lo escuchan, y estos patrones de lenguaje influyen en nuestros hijos, amigos y compañeros de trabajo, lo queramos o no.
Podemos ver lo rápido que ese lenguaje ha llevado a la degradación de nuestra cultura: la clase y la elegancia son ahora tendencias «vintage» que requieren un esfuerzo, en lugar de ser la norma de sentido común; Hollywood normaliza deliberadamente el lenguaje vulgar a través del entretenimiento; las escuelas ya no enseñan elocuencia y retórica, y las instituciones que antes mantenían los estándares del discurso —iglesias, universidades, medios de comunicación— han capitulado (en mayor o menor medida) y han adoptado un lenguaje vulgar y «popular» para parecer «inclusivas» y «acogedoras».
Esto no solo es malo porque hace que una cultura sea objetivamente más fea en todos los aspectos, sino también porque, al destruir el lenguaje preciso y elegante, es mucho más fácil para el eterno enemigo generar confusión y caos.
El doble lenguaje orwelliano puede propagarse mucho más fácilmente en una cultura que ha olvidado cómo comunicarse adecuadamente y que ha sustituido el lenguaje virtuoso, preciso y meticuloso por palabrotas amplias, indefinidas y ejaculatorias. Si vivimos en una sociedad confusa y desagradable, es en gran parte porque hemos olvidado que el lenguaje es un don de Dios que debe protegerse y honrarse, y no algo sin sentido que se utiliza principalmente para llamar la atención, conseguir «me gusta», clics y provocar controversia y escándalo.
Los hombres vulgares construyen civilizaciones vulgares. Y lo contrario también es cierto.
Si los hombres cristianos —nosotros, que estamos llamados a imitar la virtud perfecta de Nuestro Señor— no mantenemos los estándares del lenguaje, ¿quién lo hará? El cambio y el refinamiento deben comenzar por nosotros. Nuestra religión es la religión de la belleza, la clase y los estándares más elevados de comportamiento, y debemos modelar esas virtudes también en nuestro lenguaje.
Cada conversación en la que rechazamos la crudeza, cada palabra precisa que utilizamos en lugar de palabrotas perezosas, cada decisión de modelar un lenguaje digno, son actos de guerra cultural contra el enemigo vulgar, desagradable y destructivo.
La dimensión espiritual
Debemos recordar que las palabras tienen un poder tremendo. Dios mismo creó el mundo con sus palabras. A lo largo de la Biblia vemos innumerables afirmaciones que demuestran lo poderoso que es el discurso veraz en la dimensión espiritual:
En el principio ya existía la Palabra; y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Por medio de él, Dios hizo todas las cosas; nada de lo que existe fue hecho sin él. En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no han podido apagarla.
— Juan 1:1-5
El lenguaje es una de las formas en que Dios nos hizo a su imagen y semejanza, y una de las formas más hermosas en que nos diferenciamos de los animales irracionales. Pero esa línea que nos separa de todas las demás especies se vuelve borrosa cuando dejamos de hablar intencionalmente. Se podría argumentar que el hombre se vuelve más humano cuando se esfuerza por comunicarse con precisión, y más animal en su naturaleza cuando se comunica de forma impulsiva e imprecisa.
Usar el lenguaje —ese hermoso regalo de Dios— de manera vulgar es profanar una bendición sagrada que se nos ha dado. Debemos esforzarnos por honrar a Dios en todo lo que hacemos y morir a nosotros mismos para que Cristo pueda vivir en nosotros. Hablar correctamente es la forma en que honramos a Dios con nuestras palabras.
Si no estás de acuerdo, intenta imaginar a Cristo, el Verbo, Dios encarnado, leyendo esto en voz alta:
Se supone que debemos ser diferentes y compartir la luz de Dios con el mundo. Nuestro discurso es un instrumento para ese propósito. Como imitadores de Cristo, tenemos la responsabilidad de tomar mejores decisiones, incluso en aquellos aspectos aparentemente pequeños y sin importancia de nuestra vida, como nuestras palabras y pensamientos. San Pablo parece estar de acuerdo:
Su conversación debe ser siempre agradable y de buen gusto, y deben saber también cómo contestar a cada uno.
— Colosenses 4:6
Luchar contra la vulgaridad
Como siempre, cuando comento fenómenos culturales negativos, me gusta terminar con un plan de acción específico para ustedes, a fin de no caer en la tentación de quejarme por quejarme. Así que, para terminar con una nota esperanzadora, aquí tienen algunos pasos concretos que pueden dar hoy mismo para ayudar a devolver el refinamiento y la clase a una cultura que lo necesita desesperadamente:
En primer lugar, empiecen simplemente por ser conscientes de cómo hablan. Presten mucha atención a las palabras que dicen, a las palabrotas que utilizan, fíjense cada vez que sean imprecisos o cuando les falte vocabulario para expresarse correctamente. Tomar consciencia es siempre el primer paso.
A continuación, comprométanse a eliminar el lenguaje vulgar y soez de su vocabulario y a enriquecerlo leyendo libros clásicos y buscando palabras que describan sentimientos, situaciones o cosas específicas. Practiquen el uso de un lenguaje preciso incluso en situaciones informales.
Por último, haz todo lo posible por influir en las personas que te rodean para que hagan lo mismo. No lo hagas sermoneando, sino simplemente dando ejemplo de cómo se puede participar en discusiones grupales manteniendo un lenguaje más elevado. Simplemente elige no participar en conversaciones groseras y hablar con clase en todo momento.
Muchos argumentarán que esto te hará parecer «aburrido» o «demasiado serio», pero no se trata de eso en absoluto. Por experiencia, me he dado cuenta de que no es en absoluto necesario utilizar palabrotas para ser gracioso, y que normalmente solo es una excusa o una forma fácil de intentar ser «atrevido» sin tener que esforzarse realmente en desarrollar un buen sentido del humor. En todo caso, mi sentido del humor ha mejorado después de esforzarme por limpiar mi lenguaje.
Quiero reiterar que no se trata de ser mojigato o «santurrón». Se trata de reconocer que el lenguaje tiene poder y que el enemigo lo ha estado utilizando eficazmente para confundir, mentir y manipular. Cada vez que hablas con precisión, dignidad y belleza, estás contraatacando. Cada palabra grosera que te niegas a decir es una pequeña victoria en la guerra espiritual.
Al igual que la práctica de la castidad, el lenguaje elevado es también un signo de fortaleza masculina, ya que se necesita más disciplina para hablar bien que para hablar descuidadamente. Y en una época de degradación en la que la falsedad sustituye a la verdad, mantener los estándares en el lenguaje es un acto de rebelión justa.
¡Ay de ustedes, que llaman bueno a lo malo,
y malo a lo bueno;
que convierten la luz en oscuridad,
y la oscuridad en luz;
que convierten lo amargo en dulce,
y lo dulce en amargo!
— Isaías 5:20
Ten cuidado con lo que dices. Tus palabras crean tus pensamientos, tus pensamientos crean tu carácter y tu carácter crea la cultura que heredarán tus hijos.
Ad Maiora Nati Sumus,
Juan
¡Gracias por leer!
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https://en.wikipedia.org/wiki/List_of_films_that_most_frequently_use_the_word_fuck
Kay, Paul & Kempton, Willett. (1984). What Is the Sapir‐Whorf Hypothesis?. American Anthropologist. 86. 65 - 79. 10.1525/aa.1984.86.1.02a00050.






