Si tuviéramos que describir al hombre moderno promedio con una palabra, quizás la más apta sería asustado.
Vivimos permanentemente paralizados por el miedo. Miedo a intentarlo, miedo a fallar, miedo a desperdiciar nuestras vidas, miedo a morir sin conseguir las metas que nos imponemos. Y detrás de todos esos miedos más evidentes, está el miedo más fundamental de todos: el miedo a la muerte.
Cierto grado de temor frente a la certeza de la muerte es entendible, y tal vez incluso es sano, cuando enfrentamos este miedo cara a cara y nos plantamos frente a la muerte, mirándola a los ojos y haciéndole, como a un espejo, aquellas preguntas que nos obligan a indagar en las verdades que se esconden en lo más profundo de nuestros corazones.
Sin embargo, perpetuamente distraídos por los afanes del mundo, y cobardemente apegados a la comodidad de una vida superficial, en lugar de enfrentar nuestro miedo a la muerte, preferimos fingir que no existe la misma.
La apartamos de nuestras conversaciones, la escondemos en hospitales y sanatorios, y la sustituimos por el ruido constante de pantallas y obligaciones.
El resultado de esto es que vivimos en piloto automático, actuando por inercia, y procurando no hacernos nunca la única pregunta que de verdad importa: ¿para qué estoy viviendo?
Durante siglos los cristianos guardaron una costumbre que hoy nos resulta incómoda. Ponían un cráneo sobre la mesa de estudio, grababan la palabra memento mori en relojes y anillos, y meditaban constantemente sobre las últimas cosas. Lo hacían porque sabían que quien no mira de frente a la muerte jamás llega a entender el propósito de su propia vida.
No es sabio aplazar algunas preguntas trascendentales:
¿Para qué vives?
¿A quién sirves?
Si la muerte llegara hoy, ¿cuál sería tu legado?
Son preguntas que un hombre eventualmente tiene que hacerse. Evitarlas no hace más que condenarte a una existencia a la deriva, sirviendo a ídolos que no has elegido.
Responderlas, sin embargo, requiere de gran valentía, porque te obliga a evaluar tu vida desde lo más profundo, y a enfrentarte con la muy probable realidad de que no has estado viviendo como deberías.
Santo Tomás Moro: un hombre que supo a quién servía
Pocos hombres encarnan mejor esta valentía que santo Tomás Moro. Este gran santo lo tuvo todo en un momento de su vida: una familia a la que amaba, prestigio intelectual en toda Europa y el cargo de Lord Canciller, el más alto del reino Británico después del rey.
Y en esta posición privilegiada, por la que cualquier hombre más cobarde hubiera vendido incluso su propia alma, escogió perderlo todo antes que traicionar a su Dios.
Años antes de ser ejecutado, mientras estaba preso en la Torre de Londres, Santo Tomás había escrito un tratado sobre las cuatro postrimerías: muerte, juicio, infierno y gloria. Llevaba media vida meditando sobre su final. Por eso, cuando le llegó, no lo tomó por sorpresa.
La víspera de su ejecución, sin pluma ni tinta, escribió a su hija Margaret con un trozo de carbón para despedirse y decirle que deseaba ir a Dios al día siguiente. En el cadalso resumió su vida en una frase: murió como buen siervo del rey, pero primero de Dios.
Santo Tomás pudo morir bien porque siempre supo a quién servía, y supo a quién servía porque se hizo las preguntas correctas con un corazón valiente y con un alma dispuesta a escuchar.
Su vida nos deja tres preguntas que debemos intentar responder hoy, y no en nuestro lecho de muerte:
¿A quién amo? ¿A quién sirvo? ¿En quién confío?
Recordar que vas a morir pone en orden tus prioridades y te obliga a decidir cuál es el fin último de tu vida.
Si sientes que vives en piloto automático, o que tus prioridades están desordenadas, Hallow acaba de abrir un nuevo reto de la mano de santo Tomás Moro: Memento Mori. Durante el reto rezaremos y se meditaremos sobre sus cartas desde la prisión, escucharemos las respuestas de un sacerdote sobre la muerte y la vida eterna, y aprenederemos a preparar una buena muerte, que es lo mismo que aprender a vivir bien. Si quieres unirte a este nuevo reto, puedes hacerlo en el botón de abajo, que te dará acceso a la aplicación por 30 días de manera gratuita:
Meditar sobre la muerte nos enseña a vivir bien, porque más allá de las lecciones que aprenderemos cuando realmente entendamos la naturaleza pasajera de este mundo, podremos por fin decidir cuál será el principio que rija nuestro días en esta tierra, y podremos dejar de vivir con la inercia que el mundo propone, para vivir con plena intención, con corazones encendidos y con un espíritu realmente libre y orientado hacia la verdad.
Ad Maiora Nati Sumus,
Juan


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