Para nosotros, la guerra
Cada generación tiene una lucha diferente.
Para que el mal triunfe sólo se necesita que los hombres buenos no hagan nada.
— Edmund Burke
También sueño con algo más sencillo: una esposa, hijos, animales y una vida tranquila en las montañas, lejos del caos y la toxicidad de nuestro tiempo. Sueño con arrojar mi teléfono a un fuego crepitante y ver cómo se derrite, llevándose consigo toda la ansiedad y el dolor. Sueño con volver al modo en que vivíamos antes, cuando un hombre solo pensaba en lo que estaba frente a él.
Cuando paseo por mi ciudad y todo lo que veo es gris, cuando las líneas de alta tensión distorsionan la vista del cielo y cuando ese mismo cielo se oculta tras la contaminación y el polvo, pienso en este sueño.
Cuando veo a los hombres que me rodean ocultar su dolor tras tristes sonrisas, cuando los veo adormecerse con alcohol y drogas para cubrir el dolor de sus almas, pienso en este sueño.
Pero por mucho que me duela aceptarlo, este sueño es ingenuo y cobarde, porque vivirlo sería abandonar la lucha y huir a la clandestinidad, dejando atrás a todas esas almas que están perdidas y sufriendo. Este sueño es imposible en un mundo gobernado por el mal.
Somos los hombres débiles en medio de los tiempos difíciles. Y así seguirá siendo hasta que alguien tenga las agallas y el corazón en fuego, y decida liderar esta batalla y provocar la siguiente fase de este ciclo interminable. Alguien tiene que hacerlo. ¿Por qué no nosotros?
Entonces oí la voz del Señor, que decía:
«¿A quién voy a enviar?
¿Quién será nuestro mensajero?»Yo respondí:
«Aquí estoy yo, envíame a mí.»
— Isaías 6:8
Nacimos en plena guerra espiritual y quizás la voluntad de Dios sea que dediquemos nuestras vidas a algún propósito que ayude a recuperar la cultura y la belleza que hemos perdido. Aunque nos estrellemos y perezcamos en el proceso. Quizá así conseguiremos hacer algo en el mundo y ayudar a todos los que vienen detrás de nosotros a vivir en un mundo en el que no todo es tóxico.
Acepto la posibilidad de no llegar a ver el final de esta guerra. Lo único que anhelo es que cuando llegue mi muerte, habré hecho algún bien, y habré luchado con valentía y honor, por una causa más grande que mis propios deseos.
Sólo puedo esperar que cuando me pare ante Dios, me mire con orgullo y me diga que lo hice bien.
Espero que sacrifiquemos todo lo que tenemos y aseguremos un mundo mejor para aquellos que aún no han nacido, y que vivamos nuestras vidas arañando el vientre de esta bestia desde adentro, para que nuestros nietos puedan ver la luz en el exterior. Si no vemos los frutos de nuestro sacrificio, que así sea.
Quizás entonces tus descendientes y los míos podrán vivir en un mundo verde y luminoso, y puedan disfrutar de la tierra de Dios sin correr esta carrera demoníaca contra la máquina del mal que llamamos progreso. Tal vez entonces habrá esposas virtuosas para cada hombre y hombres honorables para cada mujer.
Para nosotros, tal vez sólo haya guerra. Cincuenta años de decepciones, cincuenta años de dolor, cincuenta años de sacrificio necesario para sacar a la luz los horrores que acechan bajo la superficie de este pútrido y corrompido tejido social.
Quizás algún día tus descendientes y los míos sean libres de vivir como quieran, sin botas negras que les aprieten el cuello, sin tiranos que vigilen cada uno de sus pasos. Sin esta monstruosidad tecnocrática que hemos construido rastreando cada uno de sus pensamientos.
Tal vez entonces tus nietos y los míos regresen a los bosques, y vivan sus días cultivando, riendo y trabajando bajo el hermoso cielo despejado. En paz.
Quizás vivan de la tierra y olviden las dolencias del veneno con el que ahora alimentamos a nuestros hijos, y quizás disfruten del sueño que nosotros no pudimos vivir.
Pero nosotros no. No ahora. No aquí. No hoy. Nuestro deber es luchar. Si queremos dar a nuestros hijos la libertad por la que luchamos, no podemos retirarnos cobardemente y abandonar la lucha. Debemos sacrificar nuestra propia paz y elegir luchar esta guerra. Sólo entonces, tal vez, volverán nuestros hijos e hijas a ver el cielo azul.
Sólo entonces, cuando esta guerra haya terminado y se haya reconstruido un nuevo mundo sobre las cenizas de esta nueva Sodoma, nuestros hijos volverán a jugar descalzos en la hierba bajo nuevos cielos despejados.
Y miraremos desde el Cielo y sabremos que nuestro sacrificio valió la pena. Porque aunque no pudiéramos disfrutar de las bendiciones del mañana, ellos lo harán, y a través de ellos seguimos viviendo.
Este es un capítulo traducido de mi libro, Rivers of Fire, disponible aquí.
Una advertencia: a veces es un libro oscuro, así que léelo sólo si estás dispuesto a atravesar la oscuridad y leerlo completo.
Es una obra cruda y honesta, escrita por un yo más joven.
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