Ad Aeternum (Español)

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San Francisco de Sales sobre cómo actuar después de haber pecado

No seas indulgente contigo mismo, pero tampoco caigas en el odio hacia ti mismo.

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Simple Man y Juan Domínguez del Corral
oct 18, 2026
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Encontrar el equilibrio adecuado entre ser demasiado indulgente contigo mismo y ser excesivamente severo y escrupuloso es uno de los retos más difíciles de la vida cristiana. Tendemos a irnos al extremo en cualquier dirección justo después de haber caído: tal vez reconocemos que hemos pecado gravemente y decidimos restarle importancia, presentándolo como un tropiezo inofensivo para evitar sentirnos culpables; o, por el contrario, nos consumimos por el remordimiento o el odio hacia nosotros mismos tras cada pequeño error.

Según mi experiencia, para quienes nos esforzamos por llevar una vida coherente y devota, suele ser más peligroso caer en una autoflagelación excesiva que volvernos demasiado complacientes —un vicio quizás más común entre los cristianos tibios o «de cultura».

Para nosotros, que nos tomamos en serio nuestra fe y nuestra formación, a menudo puede ocurrir que, cuando fallamos al recaer en un pecado que nos habíamos propuesto evitar o al abandonar una disciplina a la que nos habíamos comprometido, respondemos contra nosotros mismos con una severidad que nunca aplicaríamos a nadie más, porque creemos que eso es lo que significa ser honestos acerca de nuestros fracasos y que la autoflagelación es apropiada o incluso virtuosa.

San Francisco de Sales escribió un capítulo específicamente dirigido a aquellos hombres que luchan contra sentimientos excesivos de culpa o desesperación tras caer, y propone una solución contraintuitiva para encontrar el justo término medio entre el odio hacia uno mismo y el amor propio desordenado.


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¿Quién fue San Francisco de Sales?

San Francisco de Sales fue un obispo del siglo XVII y Doctor de la Iglesia, conocido principalmente por los católicos actuales por su libro «Introducción a la vida devota». La particularidad de este libro es que fue escrito específicamente para los laicos que viven en el mundo, lo que lo convierte en uno de los textos espirituales de mayor aplicación práctica de toda la tradición de la Iglesia.

Volviendo al problema del odio hacia uno mismo que mencionamos en la introducción, en el libro de San Francisco hay un capítulo específico en el que este gran santo desarrolla un argumento totalmente contrario a lo que dicta el sentido común para resolver ese problema.

Es importante señalar que ni los conceptos que vamos a analizar (ni este artículo) deben interpretarse como una defensa de la blandura o de unos estándares bajos, sino más bien como un intento de ofrecer un diagnóstico teológico de un trastorno la culpa excesiva, el odio hacia uno mismo, la auto flagelación innecesaria que a menudo puede ocultarse tras la máscara de la virtud, especialmente entre los hombres católicos devotos

El odio hacia uno mismo es una forma de orgullo

San Francisco de Sales sostiene, en la Parte II, capítulo 9, de “Introducción a la vida devota,”que la ira y la irritación que diriges hacia ti mismo tras pecar no suelen provenir de una intención pura, sino más bien de la sensación de haber dañado nuestra propia imagen.

Esto es importante, porque es correcto sentir cierto grado de culpa y dolor por haber ofendido a un Dios perfecto y amoroso, pero es completamente diferente sentirse mal porque tu ego se ha destrozado.

Cuando un hombre se castiga demasiado a sí mismo tras pecar, la motivación que hay detrás no suele ser que haya ofendido a Dios, sino más bien que no haya logrado ser el hombre que imagina que es.

Eso es, en esencia, una forma de orgullo, y san Francisco lo denomina claramente:

“Aunque es razonable que nos disgustemos y nos aflijamos por nuestras propias faltas, debemos, sin embargo, guardarnos de sentir amargura, ira o malhumor al respecto.

Muchas personas caen en el error de enfadarse porque ya se han enfadado, de irritarse porque han cedido a la irritación, manteniendo así un estado crónico de irritación, lo que agrava el mal del pasado y allana el camino para una nueva caída a la primera ocasión.

Además, toda esta ira e irritación contra uno mismo alimenta el orgullo y surge enteramente del amor propio, que se ve perturbado y agitado por su propia imperfección.”1

La contrición auténtica se orienta hacia Dios, como un sincero pesar por la ofensa cometida contra Él, y va acompañada de una resolución firme e inmediata de reparar el daño y buscar la absolución. Por el contrario, el “auto-odio” se orienta hacia uno mismo, y le duele más el daño que se ha causado a la propia imagen que la traición a la confianza de Dios.

No siempre es fácil identificar los matices entre ambas actitudes, por lo que San Francisco procede a explicar una solución clara para este dilema: su respuesta propuesta al fracaso es, en cierto modo, más exigente que el auto castigo, pero extremadamente eficaz y aplicable de inmediato.

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