Hay pocas cosas más evidentes en el hombre moderno promedio que su incapacidad para abandonar las preciadas comodidades que lo esclavizan y liberarse de la prisión de la seguridad aparente que lo hace rehuir cualquier desafío real.
Vivimos la mayor parte de nuestras vidas atrapados en nuestros propios pensamientos, rumiando sin cesar sobre las posibilidades, los riesgos y los diferentes caminos de vida que se abren ante nosotros. Vivimos de manera vicaria a través de películas, programas de televisión, videojuegos y de los escenarios falsos que reproducimos en nuestra mente. Todo esto nos brinda un escape cómodo para evitar casi cualquier acción decidida, y alimenta una cobardía que se disfraza con la máscara convincente de la prudencia, para que podamos justificar nuestra falta de valor y evitar la vergüenza que debería recaer sobre nosotros por nuestra cobardía.
El hábito de la cobardía
Esta apatía, contrariamente a lo que se cree, no es un desequilibrio químico ni un problema psicológico que requiera receta médica, sino un hábito adquirido. Cada vez que eliges evitar un riesgo (una conversación difícil, una decisión audaz, un intento creativo, un compromiso), no solo te quedas en tu zona de confort, sino que te hundes más y más en la celda acolchada que has convertido en tu hogar. Estás entrenando tu voluntad para que prefiera la evasión, la certeza y la ilusión de mantener el control total sobre tus circunstancias. Con el tiempo, tu «reflejo de evasión» se fortalece, haciéndote sentir cada vez menos cómodo al asumir los riesgos necesarios que conducen al crecimiento día tras día.
Peor aún, con cada decisión cobarde de rehuir lo incierto, el umbral de lo que se percibe como un riesgo aceptable comienza a elevarse. Te vuelves capaz únicamente de elegir la opción más segura, porque la seguridad es lo que, inconscientemente, has elevado a principio rector de tu vida.
Esto solo puede solucionarse mediante un esfuerzo consciente por asumir más riesgos, lo cual, a su vez, solo es posible una vez que comprendes las implicaciones teológicas de creer que eres capaz de evitar todas las situaciones de incertidumbre.
La buena noticia es que lo que se atrofió por el hábito también puede reconstruirse mediante el hábito, siguiendo un protocolo sorprendentemente sencillo; pero primero es fundamental comprender por qué la aversión al riesgo es, en esencia, un problema teológico.





