Ver Su rostro
Cada día más cerca al cielo.
Es una especie de visión que veo una y otra vez. Especialmente cuando estoy tan agotado. Es una combinación entre un recuerdo borroso y una visión del futuro. La veo una y otra vez, involuntariamente, siempre que el dolor alcanza y desgarra mi frágil corazón. En este valle de lágrimas, eso ocurre más a menudo de lo que me gusta admitir.
A veces no comprendo por qué nos abandonaron a nuestra suerte en este desierto. Miro a mi alrededor y veo dolor en cada rostro. Una necesidad desesperada de consuelo. Soledad. Corazones destrozados. Heridas ocultas.
Buscamos desesperadamente alguien que nos diga que todo irá bien. Yo también necesito oírlo. Llevo un tiempo caminando por este desierto y a veces no me siento tan seguro. Hago lo que puedo. Me aferro a cualquier hilo de fe. Sigo caminando, con la esperanza de que sus promesas sean ciertas. Sólo consigo seguir adelante recordándome que cada paso que doy, que cada herida que se abre, me acerca un poco más al Cielo.
Ahora estoy plenamente convencido de que nada en este mundo satisfará mi dolorido corazón. Da miedo aceptarlo, porque cuando eliminas la posibilidad de encontrar descanso en las cosas de este mundo, lo único que te queda es la esperanza de que las cosas de la eternidad eventualmente llenen el vacío.
Cuando llego al final de cada día, y me siento insatisfecho incluso cuando no hay razón para ello, me recuerdo a mí mismo, que si hago las cosas bien, si tengo suficiente fe, cada día me está acercando más al Cielo, donde finalmente llenaré el vacío de mi corazón. A veces esto me ayuda a encontrar la paz. A veces gana el miedo.
Y, sin embargo, cada vez que empiezo a dudar, resurge una visión.
Me veo al final de mi vida, tumbado en una cama en una gran casa de madera. Es evidente que me estoy muriendo. Mi familia está a mi alrededor. Mi mujer me coge de la mano y mis hijos sostienen a mis nietos en brazos mientras me miran con profunda tristeza. Tengo los ojos abiertos, pero no les miro. Estoy dando mis últimos suspiros en esa vieja cama, pero en realidad estoy en otro lugar.
Estoy subiendo una montaña y estoy a punto de llegar a la cima. No hay ni una nube en el cielo. Es un lugar en el que nunca he estado y, sin embargo, me resulta extrañamente familiar.
Cuando llego a la cima, hay alguien esperándome. En el mundo real, mis ojos se cierran lentamente mientras mi mujer derrama una lágrima a mi lado. En la visión que estoy viendo, me invade la alegría mientras voy al encuentro del hombre que me espera. Me tiende la mano y contemplo su rostro mientras exhalo mi último suspiro en aquella vieja cama. Paso al otro mundo y me siento, por primera vez, satisfecho. En paz.
La visión de mi muerte me trae paz mientras sigo viviendo. Creo que así es como Dios me tranquiliza. Creo que así me dice que todo va a salir bien. Porque cada vez que sufro, cada vez que lucho, cada vez que las heridas que he acumulado en mi corazón se abren y empiezan a desangrarme, pienso en el día en que por fin veré el rostro de mi Salvador, y le veré sonreír mientras me llama por mi nombre.
Él me dice que hice las cosas bien. Que por fin puedo descansar. Que Él vio mis esfuerzos y está orgulloso de mí.
Soy capaz de seguir caminando en este desierto, en este exilio, en este valle de lágrimas, porque Dios me ha mostrado que me espera, me ha mostrado que será mi refugio, incluso mientras siga aquí, en la tierra.
Sólo puedo esperar que cuando todo esté dicho y hecho, Dios me quiera en Su presencia. Sólo puedo esperar que al final, sea digno de ver el rostro de Jesús y que Él se sienta orgulloso del hombre que fui.
Espero no traicionarlo.
Espero que Él me diga que lo hice bien.
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